La Navidad negra de 1822

Antecedentes

Tras el levantamiento pastuso de octubre de 1822 comandado por el teniente coronel Benito Boves se sucedieron los intentos para sofocar la rebelión. Así, el 24 de noviembre en Taindala, Antonio J. de Sucre atacaba a los realistas, siendo vencido por éstos. Tras recibir refuerzos de Bolívar a mediados de diciembre, pudo por fin forzar la huida de Boves hacia Pasto.

Armas de San Juan de Pasto.

En las primeras horas del 24 de diciembre, ya en las afueras de la ciudad, tuvo lugar un enfrentamiento del que los pastusos volvieron a salir mal librados. Fue una batalla sin cuartel: no se perdonó ni a heridos ni a rendidos.

«Lo que pasó después fue una iniquidad que no puede perdonar la historia», dice el historiador Sergio Elías Ortiz en su monumental Agustín Agualongo y su tiempo.

La trágica navidad de 1822

En las vísperas de la Navidad de 1822 las tropas de la República de Colombia entraron sedientas de sangre a la ciudad, asesinando civiles sin reparar si se trataba de mujeres, ancianos o niños, ni considerando que muchos de ellos estaban refugiados en las iglesias.

Los republicanos no sólo mataron a diestra y siniestra, también profanaron los lugares sagrados donde se resguardaba la población: «En la [iglesia] de San Francisco, joya de arte colonial por sus altares y por la riqueza de sus paramentos, los Dragones penetraron a caballo y cometieron los más horribles excesos en las mujeres que allí se habían acogido; del robo sólo se libraron los vasos sagrados que horas antes se habían puesto a buen recaudo», narra Ortiz, quien habla de más de cuatrocientos civiles asesinados. Sólo se salvó el convento de las concepcionistas, donde estaban los líderes del alzamiento, y fue por la defensa que de él hicieron los más destacados miembros del clero regular y secular.

Continúa su relato el historiador pastuso: «La Noche Buena de ese año fue para los pastusos una negra noche de amarguras. Una Navidad sangrienta, llena de gritos de desesperación, de ayes de moribundos, de voces infernales de la soldadesca entregada a sus más brutales pasiones. Imposible narrar todos los horrores en esa que debía ser “noche de paz, noche de amor”. Por tres días se prolongaron los salvajes excesos en los que se distinguieron como más crueles y desalmados los soldados del batallón Rifles; por ello quedó en la crónica familiar, como un recuerdo atroz, la frase que encarnaba el episodio trágico: “Cuando entraron los Rifles…”».

La desgracia para el pueblo pastuso no terminó aquí. Al año siguiente Bolívar decretó impuestos imposibles de recaudar por el estado en el que se hallaba la ciudad y ordenó el reclutamiento obligatorio de vecinos. Se expropiaron haciendas, que fueron repartidas entre los jefes republicanos; se arrojaron pastusos al río Guáitara… Lo de la Navidad anterior era sólo el prólogo.

En 1825 escribía Bolívar, presidente de la República, a Francisco de Paula Santander, vicepresidente:

«Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte».

En las calles de Pasto…

***

Queda patente el salvajismo con el que las tropas colombianas intentaban sofocar el realismo sureño (que a pesar de todo siguió vivo hasta pasados algunos años). Queda patente el odio de Bolívar hacia el pueblo pastuso. Queda patente, en fin, la ilegitimidad de la República de Colombia, Estado tiránico desde sus orígenes.

En esta Nochebuena elevemos nuestra oración al Niño Dios que nace por el alma de los miles de pastusos que murieron en el cumplimiento de sus deberes «para con Dios, para con el rey y para con la patria», como se expresaba ya a principios de 1822 el cabildo de la ciudad.

Que en paz descansen estos protocarlistas neogranadinos.

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