Una noche de folclore

Carlos Restrepo

Muchos recordarán el filme protagonizado por Ben Stiller donde un divorciado fracasado encuentra trabajo de guardia nocturno en un museo y todas las exposiciones cobran vida, allí hace amistad con Theodore Roosvelt y otros personajes (ficticios e históricos). El título de la película define bien la trama: Una noche en el museo, porque solo de noche pueden cobrar vida las exposiciones, al amanecer todo vuelve a la realidad y los ciudadanos de Nueva York visitan el recinto como si nada hubiera pasado.

Durante mucho tiempo se estudió el folclore como un elemento pintoresco, o sea, cosas bonitas que deben conservarse. Otros autores intentaron un estudio más serio del folclore, como sería Guiseppe Pitrè quien propuso cuatro categorías: arte, literatura, ciencia y moral del pueblo; posteriormente Raffaele Ciampi se preguntaría si tal división es científica, sino sería mejor hablar de religión del pueblo.  Luego llegaría Gramsci y propondría estudiar el folclore como la concepción del mundo y de la vida.

Sin embargo, son más las personas que desconocen la existencia de estos autores y en ellas queda la noción de las cosas bonitas que deben conservarse, o en su defecto costumbres anticuadas que deben dejarse atrás. Si se analizan la actividades para preservar el folclore —música, danza, ropajes —nos damos cuenta que en lugar de mantener vivas las tradiciones las están convirtiendo en piezas de museo. En Colombia existe la costumbre de que los colegios organicen festivales de danzas, allí los niños y adolescentes bailan bambuco, joropo, contradanza y otros ritmos antiguos pero ahí queda, no es más que un festival, una noche de folclore.

Los pedagogos que con tanto ahínco pregonan la conservación de las tradiciones se limitan en muchos casos a organizar festivales; algunos hacen un gran trabajo y conceden un verdadero deleite artístico, pero sigue siendo una labor de museo. Más que tradicionalistas son conservadores, se comportan como curadores y mantienen como tacitas de plata los objetos del ayer. Pero la realidad es otra, un joven que es forzado bailar bambuco siempre sentirá que está disfrazado, luego volverá a su vida normal y es posible que días después se encuentre bailando reguetón en alguna discoteca.

Los tradicionalistas están conscientes de que las costumbres de los pueblos no son inamovibles, que la tradición no son palabras olvidadas sino que es una tradición viva que es transmitida de padre a hijo. Cierto es que los jóvenes del siglo XXI no se comportan como los del siglo XIX, pero los jóvenes del siglo XIX tampoco de comportaban como los del siglo XVII. Más para mal que para bien, la sociedad contemporánea es muy distinta, no obstante, lo que no entienden los pedagogos es que realmente hay muy poco por conservar y mucho por lo cual reaccionar.

Es menester analizar el papel de los conservadores como curadores de nuestras tradiciones, ¿realmente han hecho bien su trabajo? La respuesta es no, aunque de vez en cuando nos deleiten con espectáculos, panem et circenses… En otros tiempos los hombres iban a su capilla a rezarle a una imagen, con gran fervor se arrodillaban ante la representación del santo de su devoción, daba igual que el pintor fuera El Greco o alguien perdido en los anales, la imagen era un objeto de devoción. Sin desmeritar el trabajo de los grandes artistas es lamentable la musoficación de sus obras, que ahora reposan en edificios a los que solo accede la socialité, para luego publicar en sus redes sociales que son mucho más educados que el resto.

Para antes de la independencia, era popular la contradanza y eran muchas las gentes humildes que podían encontrar obras de Gregorio Vásquez de Arce en sus capillas. Con el tiempo se hizo popular el bambuco y en la pintura se representaba a los próceres, aun así, en aquel entonces nadie hablaba de folclore, ricos y pobres bailaban las danzas tradicionales como hoy bailan ritmos indecentes. Con el tiempo también se popularizaron los museos y muchos elementos de nuestra vida diaria fueron a parar ahí con el propósito de conservarlas, cuando solo las dejábamos en el pasado.

Ramón Torres Méndez, Baile de campesinos (Sabana de Bogotá), 1860, aguatinta.

Los insensatos se burlarían de quien en el Museo de Arte Colonial de Bogotá se arrodillará frente a los santos a rezar, aun cuando el fin último de los pintores era ese. De no ser por las vanguardias, el discurso de monserga que aplican al arte degenerado aplicaría también al arte religioso, por fortuna no es el caso. Con la danza y tradiciones intangibles funciona igual, son cosas bonitas del pasado que está bien en representar de vez en cuando, pero son supuestamente igual de válidas a la degeneradas costumbres de hoy.

Lo más lamentable es que algunos hayan hecho caso a Ciampi y reduzcan la Fe Verdadera a un elemento cultural. Vemos a muchos ateos decir: «yo soy ateo, pero no hay que eliminar la cultura religiosa, los templos, el arte. Pero eso sí, en un estado laico». O vemos a creyentes afirmar que van a la Iglesia a conectarse con Dios y decir que la misa es una fiesta muy alegre… Es claro que muchos de los que se autodenominan católicos no tienen idea de lo que significa el Santo Sacrificio en el Altar. Por eso no es de extrañar que los progresistas afirmen no estar contra Cristo, sino contra unas malvadas instituciones que no permiten que cada quien ame a quien quiera, que oprimen nuestra libertad.

Volviendo a la película, se podría afirmar que vivimos en un gran teatro, donde todas las noches figurillas de cera deambulan por ahí haciéndose pasar por defensores de la tradición, pero no dejan de ser actores. Por la noche escuchan vieja música y por el día ese personaje se convierte en una estatua; del mismo modo, caminan por allí supuestos católicos tradicionalistas que a todo pulmón relucen su latín pero que a la mañana siguiente hablan de la falsa libertad, del estado de derecho y muchas farsas más. Un grupo más pequeño se cree su personaje, se niegan a aceptar que son figuras de cera y viven en negación, intentan reconstruir un pasado que no existió y que idolatran por su belleza —generalmente el siglo XX con sus modas burguesas —, ellos sin quererlo entorpecen a los verdaderos tradicionalistas.

Basta aclarar que el término folclore surgió en el Imperio Alemán, por nuestra parte tradiciones eran parte de nuestra realidad, simplemente las heredáramos y les hacíamos ciertos cambios, pues lo único que permanece inmóvil es el Verbo. Recordemos las palabras de San Pío X: «Instaurare omnia in Christo», quien ya veía lo nefasto del modernismo en su momento pese a no presenciar los libertinos años 20s que los neocones y falsos tradicionalistas tanto admiran. Es menester apartarse de quienes convierten la fe en un ensueño privado, una noche de folclore en un club burgués, ellos están en las antípodas de la Tradición; debemos pues comportarnos como caballeros cristianos, como el Cid, como Alonso Quijano quien al final cayó en cuenta que eran molinos y no gigantes.

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