Actos de caridad

Juan Pablo Timaná

Aunque el título pueda sugerir al lector que se enfrentará a una especie de catequesis o de texto piadoso, o incluso de sermón dominical, no es así. Que parte de la doctrina de la Iglesia es cierto, evidentemente. Pero que no cae dentro del gremio de lo estrictamente religioso también lo es.

En efecto, voy a referirme a dos obras de misericordia espirituales y a su práctica por parte de los carlistas. Según el catecismo, enseñar al que no sabe y corregir al que yerra son buenas acciones que «socorren las necesidades espirituales de nuestro prójimo». Son, así, actos de caridad.

Los carlistas llevamos dos siglos enseñando a los que, no sabiendo, tienen voluntad de saber, y corrigiendo a los que, ignorando que yerran, lo hacen. Mas desde el mismo año de 1833 hemos padecido a los que viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden, por mucho que se les corrija y enseñe. Entre ellos, últimamente, destacan quienes diciendo «carlismo, carlismo» se la pasan en sus tiempos libres ―que parecen ser extensos― denigrando a Don Sixto Enrique de Borbón y a la Comunión Tradicionalista ―o dando espacio para que de vez en cuando alguna alimaña lo haga―, creyendo que el estar avalados por la mayoría (de la minoría, claro) y el poseer ciertos registros legales les da la autoridad para hacerlo. Pobres idiotas.

Predicación de San Pablo en Atenas, de Rafael. Museo de Victoria y Alberto.

Después de tanto tiempo que se les ha invertido, después de tanta información que por medio de artículos y libros se les ha brindado, creería uno que ya es hora de que se reduzcan a la obediencia. Pero, quién lo diría, siguen empeñados en su error. Tres explicaciones para ello se me ocurren: o es que son muy tontos, o es que son muy malos, o es que son muy ingenuos ―y han sido engañados por los malos―.

De que hay muchos ingenuos que figuran como ciudadanos de esa República ―liderada por un presidente elegido democráticamente, oiga― no me cabe duda. De que hay también idiotas con la misma calidad, tampoco ―pues, palabra de Dios, stultorum infinitus est numerus, y allá no faltarán―. Y mucho menos de que hay gente muy ―muy, muy― mala (ésta sí minoría dentro de la minoría).

De esa que, siendo consciente de que está haciendo un daño grande a la Causa, no abandona su rebeldía, y aun la incita en otros.

De esa que, por intereses personales, familiares o de cualquier índole ―pero en todo caso oscuros y abominables― no permite que los tontos y los ingenuos se quiten el velo que les impide ver la situación con claridad.

De esa ralea que, en fin, va contra toda caridad y que, llevando a los demás al error, merece que una piedra de molino la hunda en el fondo del mar y de la historia.

Pero allá ellos y su sucia conciencia. Dios se encargará de pedirles cuentas: Él, que es la Justicia, les dará lo que les corresponde.

Mientras tanto los carlistas, los de verdad, los de siempre, seguiremos enseñando y corrigiendo a los hombres de buena voluntad. Que dentro de la referida República los hay (a quienes también se dirige este artículo). Los que, cuando se den cuenta del mal que les han hecho los de mala voluntad, les darán la espalda y les cerrarán las puertas en sus caras.

Que así sea.

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