De iconoclastas, saltimbanquis y bestias

Felipe Criollo

Hace unos días el presidente Iván Duque dijo que, en medio de los disturbios del Paro Nacional, no veía un estallido social en el país. En cambio, él veía una Colombia «a futuro y emprendedora que es la del estallido de la creatividad, el estallido del emprendimiento; el estallido del crear, no de destruir». ¡Qué coraje es necesario para decir esto! Coraje propiciado por una ideología que ha venido declamando desde que se convirtió en candidato presidencial. Ideología de las más ingenuas: la del capitalismo benevolente, con un discurso vacío sobre los emprendedores, la reducción de impuestos y la defensa de la legalidad.

Pero esta ideología se reduce apenas a ser un lastre a lo mucho incómodo. Los ideales de la oposición no son mejores: ellos ya nos han enseñado el desastre que pueden ocasionar sin siquiera estar en el poder. Los grupos que ejecutan la voluntad de estos tiránicos ideales en las calles tienen ambición revolucionaria, y los dividiré en tres grupos:

Los iconoclastas son sólo consecuencia de años de adoctrinamiento en el sistema educativo. Adoctrinamiento que no se limita a las escuelas públicas (mas donde sí tiene más fuerza), sino que es más estructural que algo propio de ciertos lugares. La negación de nuestras raíces, el odio hacia ellas y la hegemonía cultural del Norte…; todas tienen que ver. No es casualidad que la moda de tumbar o pintarrajear estatuas haya nacido en los Estados Unidos; tampoco lo es que tales estatuas hayan sido en su mayoría de trasfondo hispano en los Estados del Sur. Allí, estatuas a Colón, San Junípero Sierra e incluso Cervantes fueron derrumbadas. Aquí ya sabemos muy bien: Belalcázar, Colón, Jiménez de Quesada, la Reina Isabel… Son, en últimas, reflejo de una ideología foránea que detesta el ethos hispánico y de un intento por reescribir la historia, trocándola por un cuento idílico.

Los saltimbanquis, en cambio, son los que ya están inmersos en esa fantasía de novísima creación. Danzan, cantan, cargan con sus instrumentos y llevan carteles con consignas jocosas (y que, en cambio, terminan siendo ridículas). No nos contentemos, aunque sean los payasos que más o menos nos hacen reír en el circo que se quema con beneplácito del gerente. Advirtamos que son producto de un proceso de infantilización de la sociedad, en que hombres de treinta y tantos años son considerados jóvenes, o el que crea Consejos Locales de Juventud en que son elegidos adolescentes de catorce años en adelante, con la insulsa consigna de «¡Ahora puedes elegir y ser elegido!».

Por último, las bestias son los más escandalosos de estos grupos. Aquellos que andan con sus láminas de lata, visores y/o trapos envueltos en la cabeza. La dichosa Primera Línea de defensa y las otras que le vienen atrás de ofensiva y apoyo: los salvajes¹. Sus esquemas revolucionarios ya no le son ajenos a la opinión pública. Han cruzado cables en carreteras principales (de los que terminó muriendo un motociclista), incendiando CAI de la policía o palacios de justicia, restringir la movilidad de los ciudadanos o ya lincharlos cuando no cooperan.

La verdad es que la legalidad u otros lemas que use el presidente no solucionarán el problema. Debemos rescatar las palabras del Marqués de Valdegamas en su famoso Discurso sobre la dictadura: «Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura» y que «se trata de escoger, por último, entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable; yo escojo la dictadura del sable, porque es más noble». Hay que escoger entre lo popular y lo saludable, y aunque esta última opción casi nunca gane, seguirá siendo la mejor y única lícita; la opción popular de turno (sea de derechas, izquierdas o centro) no es opción lícita siempre que se escoge entre males mayores y un mal menor. Castellani nos puede ilustrar mejor: «¡Maldito sea el Mal Menor y el que lo inventó! Jamás votaré más por el Mal Menor, y no votaré más si no es por un Bien Total». Y el bien total no puede hallarse en la democracia.


  1. Podría argüirse que los iconoclastas pertenecen a esta categoría taxonómica, pero decidí separarlos en pro de la organización del texto y su mensaje. De hecho, uno podría argüir que los simples simpatizantes de la oposición o el presidente son bestias en su acepción más universal.

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