Nuestra Señora de Chiquinquirá

Refiere el P. Leonardo Ramírez Uribe, S.J., que en 1560 don Antonio de Santana, extremeño de nacimiento y encomendero de la región de Suta ―donde tenía unos “aposentos” y un oratorio―, encomendó a Alonso de Narváez, andaluz, una pintura de Nuestra Señora del Rosario, de la que era devoto. El maestro Narváez cumplió el encargo plasmándola en una tela de 1,26 metros de largo por 1,13 metros de ancho.

Así describe el P. Ramírez el cuadro:

En el centro está la Virgen María quien, de pie, sobre la medialuna, mide 105 centímetros. Sobre su brazo izquierdo, a la altura del pecho, sostiene al Niño Jesús. Tiene este en su mano derecha, debajo del mentón de la Virgen, un pajarillo, al parecer, un canario. La mano derecha de María descansa sobre las piernas del Niño y ayuda a la vez a sostenerlo. El Niño Dios tiene tomada con su brazo izquierdo la manga izquierda de la túnica roja que cubre el cuerpo de la Virgen quien, además, ostenta un manto azul que, desde sus hombros cae hasta las rodillas. Una toca blanca le cubre la cabeza y los hombros por debajo del manto. El Niño está cubierto con un lienzo blanco de la cintura hasta los pies. Un Rosario pende del dedo meñique izquierdo de la Virgen, por debajo del Niño.
A la derecha de Nuestra Señora, pintó a San Antonio de Padua; mide 104 centímetros. Vestido con su hábito franciscano, cubierta la cabeza, en su mano derecha y a la altura del diafragma, sostiene un lirio, símbolo de su castidad. En la izquierda, un poco más elevada que la otra, soporta un libro cerrado, a manera de superficie horizontal y de pie, sobre él, una imagen del Niño Dios desnudo bendiciendo con su mano derecha un mundo que sostiene con la izquierda. El Santo parece mirar y comparar el Niño que él tiene, con el de la Virgen. Aquel es más pequeño que éste. No será fácil, en la historia de la pintura universal, hallar al Niño Jesús dos veces seguidas, sin aparente relación entre sí.
El Apóstol San Andrés es la quinta figura humana, contando de izquierda a derecha; mide sólo 0.90 centímetros [sic] de alto, pues parece un tanto agachado, pero es, en cambio, el que más espacio ocupa dentro del lienzo. Más cerca de Nuestra Señora que San Antonio, está embebido leyendo un libro que tiene en la mano derecha, mientras apoya su izquierda sobre la cruz aspada que fue el instrumento de su martirio. Viste túnica color granate, sobre la que cae desde los hombros un manto color púrpura.

La pintura fue instalada en el oratorio de Santana. Pero, descuidada y probablemente sin marco, el paso de los años la afectó sobremanera. En 1578 el presbítero Juan de Leguizamón ―doctrinero de Suta―, al verla en tal estado, la retiró y la envió a otra encomienda de don Antonio situada en Chiquinquirá.

Nuevamente abandonada, fue recuperada por la piadosa doña María Ramos, esposa de un sobrino de Santana. Apenas podía adivinarse que allí había «algo» retratado, debido a las malas condiciones en las que estaba. Bien atada sobre el altar del oratorio en que había sido colocada, se convirtió en la imagen predilecta de doña María, quien una vez le confesó a don Luis Zapata de Cárdenas, arzobispo de Santafé de Bogotá, que le repetía a Nuestra Señora «¿Hasta cuándo, Rosa del Cielo; hasta cuándo habéis de estar escondida… cuándo será el día que os manifestéis?».

El 26 de diciembre de 1586, María, terminadas ya sus oraciones, se disponía a salir. Saliendo se encontró con Isabel, una india que llevaba cargado a su hijo Miguel. El niño, que estaba mirando hacia adentro, vio que el cuadro se cayó y se puso en el sitio donde la devota María rezaba. De inmediato alertó a su madre: «Madre, mira que la Madre de Dios está en el suelo». Cuenta el P. Ramírez que «despedía de sí tales resplandores que inundaba de claridad toda la capilla. Asustada Isabel llama a María Ramos quien apenas salía del oratorio: “¡Mire, mire, señora, que la Madre de Dios se ha bajado de su sitio y está en vuestro asiento y parece que se está quemando!” María acababa de ser oída». El cuadro se había renovado: había recuperado su belleza, aunque, por designio divino, permanecían algunas rasgaduras.

Extendida la noticia, el señor arzobispo de Santafé ordenó hacer las respectivas inquisiciones, que se extenderían hasta 1589. Mientras tanto, atendiendo la gran cantidad de peregrinos que iban a verla, erigió en 1588 la parroquia de Chiquinquirá. El 14 de agosto de ese mismo año visitó Chiquinquirá para cerciorarse de la curación de un paralítico. Antes de regresar a su sede bendijo y puso la primera piedra del santuario dedicado a la Virgen del Rosario, para el que don Pedro de Rivera Santana ―hijo de don Antonio— había cedido el terreno donde ocurrió la renovación.

En 1636 el santuario y la parroquia de Chiquinquirá fueron encargados a la Orden de Santo Domingo.

Tras ser llevada a Tunja y de allí a Santafé, la imagen es trasladada en 1813 al nuevo santuario de Chiquinquirá, construido en terrenos donados por los dominicos tras haberse arruinado el templo original durante un terremoto en 1785.

En 1815, a pedido del traidor secesionista José Acevedo y Gómez, los frailes dominicos le entregaron joyas y dineros que le habían regalado los peregrinos a la Virgen. Regalos que serán destinados para la Revolución. A pesar de la gravedad del asunto, los religiosos serán perdonados mediante real indulto.

El 21 de abril de 1816 el general republicano Manuel Serviez robó la sagrada imagen para llevarla a los Llanos, desde donde la regresan los realistas. Llegará al santuario el 3 de julio. Serviez será excomulgado por este aborrecible acto. 

Dice el P. Ramírez que en 1822 «el Ilmo. Señor Rafael Lasso de La Vega, Obispo de Mérida, “solicitó de la Sagrada Congregación de Ritos la concesión de Oficio y Misa propios de Ntra. Sra. y que fuese declarada ‘Patrona menos principal’ del Arzobispado de Santa fe y diócesis sufragáneas”. Negada la petición en primera instancia, fue otorgada luego de la intervención de los Obispos de Colombia, el 18 de julio de 1829».

En 1825 León XII concedió la fiesta litúrgica en honor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

En 1910 el Papa San Pío X decretó la coronación canónica de la imagen de Nuestra Señora.

La ceremonia de coronación la refiere así el P. Ramírez: «[El] 9 de Julio de 1919: el Obispo de Tunja, Monseñor Eduardo Maldonado Clavo, en presencia de Don Marco Fidel Suárez, Presidente de la República, del Señor Nuncio Apostólico, de 15 Obispos, 5 Vicarios y Prefectos Apostólicos, 350 sacerdotes, el cuerpo diplomático, incontables religiosos y religiosas, cerca de 30.000 fieles, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, corona solemnemente a la Sma. Virgen y es allí mismo proclamada Reina de Colombia».

En 1927 la Santidad de Pío XI concede al templo el título de basílica menor.

En 1954, en un radiomensaje dirigido a los participantes del III Congreso Mariano Nacional celebrado en Santafé de Bogotá, Pío XII, hablando de Nuestra Señora de Chiquinquirá, dijo:

No fue la piedad sencilla de Antonio de Santana, ni los pinceles rudimentarios e ingenuos de Alonso de Narváez, los que a mediados del siglo dieciséis os la donaron; ni fueron siquiera las piadosas ansias de aquella María Ramos las que seis lustros después maravillosamente la renovaron; fue un don de lo alto a una progenie de predilección, para que no le faltara una de las cosas más suaves de este mundo: el amor de una Madre. ¡Miradla, repetimos!: esa túnica rosada es el ardor de su caridad; ese manto azul es su inmaculada pureza; ese cetro que lleva en la mano es el símbolo de su maternal Realeza; ese Niño Divino, que Ella arrulla, es nuestro Jesús amadísimo, en cuyas manecitas ese pajarito bien pudiera ser un símbolo de vuestras almas. Lleva en las sienes la corona que le donaron vuestros mayores; y en su sonrisa dulcísima hay una evocación de todos los dones, de todas las gracias que ha otorgado a vuestro pueblo en los momentos difíciles, en las calamidades colectivas, hasta llegar a despojarse de sus preseas, cuando la patria las necesitaba [sic].


Nuestra Señora de Chiquinquirá, o “La Chinita”, como se le conoce popularmente, es venerada no sólo en Colombia, sino en toda Hispanoamérica, especialmente en Zulia (Venezuela): el 18 de noviembre se celebra la renovación de la imagen encontrada en Maracaibo.

Que Ella, vilmente despojada de sus joyas para auxiliar la causa revolucionaria, aplaste por fin la cabeza de la serpiente, figura de la Revolución anticristiana: Ipsa conteret caput tuum.

Pues sois de los pecadores
El consuelo y la alegría.
¡Oh Madre clemente y pía,
Escuchad nuestros clamores!

(De la novena compuesta por Fray Domingo Barragán, O.P.)

Bibliografía

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