El carácter negativo de la Revolución

«Una de las señales características de la Revolución es su falta de símbolo. Diversa y desordenada como doctrina que acoge todas las negaciones y rechaza todos los dogmas, la Revolución no tiene ni una sola palabra que sea la síntesis de sus principios, de sus fines y de sus medios.

La Revolución tiende a destruir, y destruir es negar. Negar constantemente; oponerse con rabia a todas las grandes afirmaciones, y por ende procurar su ruina: tal es la tarea de la Revolución siempre, desde el Non serviam pronunciado en lo alto de los cielos, hasta el Non serviam repetido por las sociedades modernas. Este solo rasgo bastaría para conocer que la Revolución no es la verdad, porque la verdad es la afirmación por esencia, que dice de sí misma: Yo soy. El error es la negación perpetua, que no habla nunca de sí mismo, porque no es realmente; en cambio, dice siempre a la verdad: Tú no eres.

He aquí la Revolución. Se levanta del fondo de las sociedades, negra y horrible como la sombra de Satanás; clava sus ojos de hiena en aquella brillantísima luz que ilumina al mundo, y forma, aunque en vano, el propósito de apagarla. ¡Quién pudiera apagarla! grita; y armándose con todas sus armas, emprende la lucha, mil veces repetida y mil veces terminada en honra de aquella luz santa.

Pero en las guerras que la Revolución, con este u otro nombre, promueve para daño del humano linaje, la Revolución no lleva un símbolo, un nombre, un lema afirmativo en su bandera. Solo pronuncia una voz triste como la muerte, helada como el polvo de un cadáver: ¡Nada! Es la negación de siempre; es el espíritu de la destrucción que odia la vida.

Sus gritos, diversos en la forma, son en todo tiempo idénticos en el fondo. Recórrase la historia de todas las revoluciones, aun de aquellas que agitaban las sociedades anteriores a Cristo nuestro Dios, y se verá constantemente que el objeto del odio es el mismo, y la exclamación para pedir su exterminio, idéntica: ¡Abajo el Altar! ¡Abajo el Trono! Siempre ¡abajo! esto es, destrúyase, niéguese. Siempre contra el Altar y el Trono, más o menos francamente, porque el Altar es la afirmación de la autoridad divina, que une a los hombres, como a los pueblos, con el lazo del amor sublime de la verdad, y el Trono es la afirmación de la autoridad humana, derivada de la divina, y encomendada a los soberanos para que sean custodios incorruptibles de la Ley eterna».


Tomado de la introducción escrita por D. Valentín Gómez al primer número de Altar y Trono, revista hispano-americana, aparecido el 5 de mayo de 1869.

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