Identidad y tradición (I): La identidad antes del Estado-nación

Carlos Restrepo

El surgimiento de los Estados nacionales y la expansión de los ideales románticos trajo consigo la consolidación del nacionalismo, distinto en cada nación, contase o no con un Estado. Mientras que en Francia el nacionalismo giró en torno a los principios liberales y la lengua francesa —en su dialecto parisino,— en Alemania e Italia llevó a que varios Estados separados se unificaran en un Estado más grande, en pos de una identidad común.

Sin embargo, el nacionalismo tiene grandes errores de base, como la intención de homogeneizar la nación en una cultura nacional. Y siendo la cultura la consciencia del mundo moderno, resulta pertinente afirmar que toda cultura nacional es un producto de la modernidad. En el caso de las Españas, fue la Unidad Católica y no una cultura la que mantuvo unida esta monarquía compuesta que reconocía multitud de fueros y lenguas.

La Constitución de Cádiz, esgrimida por los hispanistas liberales como la prueba máxima de la igualdad entre España e Indias, posee el ya mencionado error de base. Dicho error lo heredaron el Estado español y los Estados hispanoamericanos. En el caso del primero, terminaría causando los separatismos del País Vasco, Cataluña y los muchos otros que han surgido en las últimas décadas. 

El caso hispanoamericano es más difícil de analizar, porque si bien se afirma que la Independencia balcanizó América, los Reinos de Indias nunca formaron una única entidad política. La mayoría de estos Estados contaron bajo la Monarquía con una Real Audiencia que les dotó de autonomía jurídica y cuyas jurisdicciones permitieron trazar las fronteras actuales, bajo la figura del uti possidetis iuris. Añadiéndole, eso sí, las bases de las futuras identidades nacionales.

La excepciones fueron el Uruguay, que fue parte de la Real Audiencia de Buenos Aires; Costa Rica, Honduras, El Salvador y Nicaragua, que fueron parte de la Real Audiencia de Guatemala y Panamá, que si bien llegó a contar con su propia Real Audiencia, terminó bajo la jurisdicción de Santafé (de Bogotá).

Los virreinatos, pese a su descentralización administrativa, mantenían la unión entre sus reinos. El Reino de Quito, por ejemplo, fue durante mucho tiempo más próspero que el Nuevo Reino de Granada, y aun así el virrey se instaló en Santafé: nunca se unificaron ambas audiencias, en ese entonces no existía la necesidad de homogeneizar. Las identidades entonces no estaban basadas en reinos ni mucho menos en los aún inexistentes Estados, sino en la comarca, el territorio circundante a las ciudades y villas. Por poner un ejemplo, el país (comarca) de Pasto, pese a sus vínculos administrativos con Quito y Popayán, poseía una identidad distinta, fuertemente influida por el componente indio. Y aun así, que Pasto tuviese —y siga teniendo— una identidad distinta a la de Quito y Popayán no implicaba —ni implica hoy— que deba formar un Estado-nación propio y separado. Se puede reconocer que esta identidad constituye una nación, como afirmaba don José Rafael Sañudo al que ya le dedicamos un homenaje. Así mismo, la pueden tener las demás regiones de Colombia e incluso del Orbe; pero esta identidad, definida por la RAE como el conjunto de rasgos propios que caracterizan a un individuo o colectividad frente a los demás, no debería ser presa de la globalización, como analizaremos en la segunda parte de esta línea de artículos.

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