El fracaso social de la burguesía capitalista

El cambista y su mujer, por Quinten Massys. Museo del Louvre.

Hay un determinado sector de una clase social al que se ha llamado irónicamente «gente bien». Sus rasgos son bien definidos: buena posición económica, origen burgués, desprecio por la clase media y nostalgia de título. Es decir, afán de aristocratizarse.

Los hombres de la alta burguesía son malos ciudadanos. Viven socialmente desvinculados de su medio, se apartan de los problemas inmediatos, municipales, regionales… y desconocen radicalmente el mundo obrero.

Esta actitud por injusta que parezca, tiene sin embargo una explicación. La burguesía ─después de haber consolidado su fortaleza económica y su influencia de dominio─ aspira al brillo palaciego de la aristocracia decadente, a la que ella derrotó. El título, la corona en los gemelos, la fotografía de un Rey dedicada personalmente, constituyen su trilema político.

Trágico, muy trágico es el sino de la alta burguesía. En su misma entraña está encerrado su sentido egoísta de clase cerrada. Sus miembros carecen de responsabilidad social, de reservas para el sacrificio y de capacidad heroica. Políticamente son conservadores, religiosamente fariseos predispuestos para el escándalo y socialmente estériles.

Históricamente han tenido actuaciones que les caracterizan. En la noche del 13 al 14 de abril de 1931 pasaron de monárquicos a republicanos. En 1936 fueron incapaces de preparar activamente el 18 de julio. Sólo cuando ya todo estaba en marcha, cuando el horizonte se empezó a despejar de nubarrones, se decidieron a participar en el Alzamiento, como quien coge en el Escorial un tren que viene de Hendaya, es decir, cuando faltan focos kilómetros para llegar a Madrid.

Ejemplo típico de ese espíritu es la contestación de aquella marquesa de Bilbao, que, ya en plena guerra, cuando la preguntaron por qué tenía a su hijo camuflado en la retaguardia, contestó «Yo no soy una madre navarra».

La medida de la fidelidad de estos hombres a las personas y a los principios que sostienen depende del esfuerzo que exija el defenderlos. Están con la situación. Son monárquicos mientras duran las fiestas en palacio. Apoyan a Don Juan [hoy a Felipe Juan] mientras no expongan su fortuna.

El hombre de la alta burguesía capitalista es fruto del mestizaje de dos clases sociales: la clase media y la aristocracia. Pero el burgués es a la vez un híbrido depauperado que por su desprecio de la pequeña burguesía de donde salió, carece de sus virtudes y de su espíritu de sacrificio; y que por no haber sabido aristocratizarse, carece del sentido generoso de mando de la vieja aristocracia. Lo único que han conseguido es imitar las formas decadentes de la nobleza corrompida.

Para quienes pretenden crear una restauración apoyándose en esta clase social y políticamente fracasada, tenemos una frase reciente de Don Javier, el Rey del 18 de julio: «Han pasado los tiempos en que los Reyes eran solamente Reyes por ser hijos de sus padres. Hoy, los Reyes tienen que ganarse a pulso, con su esfuerzo, con su trabajo al servicio de la sociedad, la realeza que heredaron».


Fuente: Monarquía del Pueblo, portavoz de la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas. Enero de 1957.

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