Un becerro de papel

(Pussin, c. 1634)

«Mi techo, mis reglas» es quizá la sentencia que todos escucharon de niños y marcaba el fin de la discusión, quedaba claro que se debía honrar el Cuarto Mandamiento. Con sus múltiples variaciones y en distintos casos lo que algunos llaman equívocamente falacia de autoridad en los hogares cristianos era una ley natural, no era necesario buscar en interné fotos de niños muriendo de hambre ni prometer golosinas, simplemente se obedecía.

Y como el padre mandaba en su hogar, mucho tiempo atrás el rey mandaba en su reino, siendo el padre de la patria y el encargado de velar por los intereses de todos sus súbditos. Era ley natural y se consideraba sedicioso a quienes intentaran negar la autoridad de los príncipes, las rebeliones de aquel entonces no tenían por objetivo subvertir la ley natural, sino mejor la propia situación o incluso buscar un nuevo señor natural. Este hecho no es propio del mundo cristiano, los antiguos romanos organizaron su sociedad bajo la figura del pater familias y su república representaba al senado y al pueblo de Roma: es decir a los pater familias patricios y plebeyos. Fuera de Europa, en el Lejano Oriente, el Hijo del Cielo se enfrentaba a rebeliones que tuvieron por objetivo instalar un nuevo emperador.

En la Cristiandad, la monarquía no era una institución con poder absoluto para hacer y deshacer, sino que debía seguir normas consideradas naturales, inherentes a todo ser racional. De igual modo, la familia no es el gobierno despótico del padre sobre su mujer y sus hijos, sino el buen gobierno del padre que al ser cabeza de Cristo debía velar sobre los suyos. Hoy son muchos los grupos que atacan a la familia, la última de las instituciones libres, usando el ya desgatado sofisma de construcciones sociales cuando en realidad la sociedad es una construcción familiar. Pero estos ataques a la familia no son espontáneos, tienen su origen en el odio a la monarquía, a las jerarquías, el odio contra la Iglesia y contra Dios.

Irónicamente, los autoproclamados enemigos del absolutismo son mucho más absolutistas que el mismo Luis XIV, si son parlamentarios dicen: «si somos mayoría podremos hacer lo que queramos», ¿acaso no es un caso de absolutismo que un congreso pueda cambiar el orden social natural por el simple hecho de querer cambiarlo? Si queremos gobiernos sometidos a las leyes de Dios, ¿cómo vamos a aceptarlos libres de todo freno y sin más regla que el capricho de un hombre? (Caro, 1873). Sea un hombre, o grupo de hombres, o incluso un corpus escrito, el resultado es el mismo: se termina avalando la omnisciencia del estado, condenado en el Syllabus.

Si bien, se tiende a relacionar el absolutismo con el despotismo, la realidad es que el primer término es ajeno a la realidad lingüística del s. XVIII, en aquel entonces solo se hablaba de despotismo, especialmente del ministerial, el cual explica muy bien el Profesor Ayuso (de Prada, 2013). Hoy han cambiado los actores, pero el resultado es el mismo, en la Francia revolucionaria en nombre de la libertad y de la razón se prohibió el culto público, en el 2020 se prohibió en nombre de la salud pública. En una sociedad tradicional sería imposible realizar tales artimañas, pues ni las leyes naturales ni las propias de los reinos daban tal poder al gobernante.

Los colombianos han de estar enterados que hace poco el Congreso de la República aprobó la cadena perpetua, lo que causó que los sectores progresistas enardecieran con la excusa de que tal acto es inconstitucional. Pese a que el presidente Iván Duque prometió en campaña la cadena perpetua para violadores y asesinos de niños, la realidad es que sus opositores tienen razón, la cadena perpetua es inconstitucional. La oposición que no hace mucho se quejaba de la misma constitución por definir el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer —hasta que lograron cambiarla —hoy la endiosan y temen que se reforme.

Los españoles ibéricos pueden ver un paralelismo con el partido VOX, el cual defiende con bombos y platillos la liberal Constitución de 1978, temiendo que el socialismo la reforma y convierta el Estado Español en otra Venezuela. Los verdes colombianos temen que la ultraderecha haga reformas y nos lleve a los tiempos anteriores a la Constitución de 1991, tiempos aparentemente obscuros donde no estaban bien vistas sus perversiones. Ejemplos hay muchos, pero el resultado es el mismo, la constitución de un país se ha convertido en uno de los muchos ídolos de la sociedad, aun cuando no gusta, ahí buscan elaborar otro becerro de oro.

Esta sociedad idólatra es la causante del despotismo constitucional en el que vivimos, una juventud que tiene por sagrada una serie de leyes que atentan contra el gobierno de Cristo. Colombia tiene una extensa historia constitucional: nacionales o regionales —cuando estuvieron permitidas —las constituciones venían acompañadas por guerras o eventos trágicos, en el 91 se tenía muy presente la Toma del Palacio de Justicia, además de la dolorosa guerra contra el narcotráfico. Veintinueve años después, el M-19 es heroizado, olvidando los atentados terroristas que perpetró, ¿quiénes serán los héroes del mañana para los constitucionalistas?

(Grosso, 6 de diciembre de 1990)

En tiempos más cristianos, no había más constitución que la unidad católica de las Españas, donde el rey respetaba los fueros y no era necesario compilar en un solo libro toda norma existente. Hoy no contamos con tanta suerte, se habla muy mal de la Constitución del 86, casi demonizándola, pese a que el cuerpo original es muy distinto al vigente en los años 80s del siglo XX. Hoy, queda en manos de los nueve magistrados aceptar o no la cadena perpetua, quienes reunidos en el Collegium Pontificum darán su veredicto, sabremos lo que es bueno para el becerro.

El futuro de la cosa pública queda o en manos de palabras muertas o de entes abstractos, donde los altos cargos responden a los intereses de sus mecenas. Este es el despotismo constitucional, un librillo hecho por hombrecillos define el futuro de cincuenta millones de personas, no importan ya nuestras costumbres ancestrales, no importa ya Cristo, quien es el Verbo, la única palabra que no pasará. Hemos de evitar esta idolatría, hacer como los levitas que acudieron al llamado de Moisés al bajar del Sinaí, teniendo en cuenta que mientras se adore al becerro de papel, no hay ni libertad ni orden.

Referencias

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